sábado, 20 de octubre de 2012

Vieja, mi querida vieja

Tengo la suerte de que mis padres apuraron el tranco y apenas 16 años nos separan de experiencia de vida. De niño mi madre fue como mi hermana mayor y como siempre ha sido guapa desde chico tuve que aprender a que me dijeran cuñado en la calle. Con el tiempo aprendí que eso era algo para estar orgulloso y en lugar de molestarme me agradaba.

Hoy que ambos somos mayores tengo el gusto de decir que comparto con ella muchas cosas, su alegría de vivir y la depresión que heredamos de la familia. Ambas cosas contradictorias son también lo mismo. Alegrarse es no sentir pena.
Mi madre no me ha enseñado a vivir, aprendió conmigo. Juntos hemos pasado por cosas que la complejidad de las conductas personales te hace sentir. Ella y yo somos críticos de los demás y no tenemos desparpajo alguno por no mirar la viga en nuestro ojo. Me reconozco en su no saber perder, en sus ganas de vivir en un mundo más limpio, en su amor por los animales antes que el prójimo, en su crítica frente a la autoridad siendo autoritarios a fondo.
No puedo pararme frente a ella a entregarle miles de alabanzas, pues ella misma me enseñó a mirar el mundo más abajo del agua.
Mi madre, es una amiga y mi apoyo. Y para ser amigo se necesitan dos. Para ayudarse no hay uno.
Mis padres y mis hermanos, somos un pequeño núcleo donde no ha entrado mucha gente, pero los que han venido han aprendido que la vida para nosotros es algo más que las sonrisas y el aprecio. Mi madre se ha encargado de eso, mostrarnos el mundo como es, o como ella lo ha mirado y nosotros lo hemos aprendido. Con la perspectiva del tiempo siento que lo ha hecho bien, a su modo. El mejor elogio que le puedo hacer es que la quiero tanto como ella a mí y cuando parta, estoy seguro que sabrá que así fue.

viernes, 19 de octubre de 2012

El Seba, su música y mis cartas

"mamá morirá algún día y nosotros nunca nos vamos a enterar"
Lo escuchaba y su voz resonaba en mi cabeza como si fuera una película 3D, la voz del Seba se oía distante y la interrumpían unas risas nerviosas que parecían ser de alguien que estaba junto a él mientras me llamaba. El Seba es mi hermano mayor, pero la verdad es como si fuera el más chico. Vive en un mundo de guitarras y rock, sus tardes son de tristeza y sonidos de cuerdas que transmiten sentimientos de dolor y soledad.

Era el regalón de mi madre y cuando ella nos dejó para irse a Europa con su nuevo amante el Seba se sintió traicionado y no pudo levantar cabeza. Fueron días poco felices, yo comenzaba a trabajar y no pude acompañarlo en su dolor, era un funeral, era su duelo, nuestro duelo, solo que algunos podemos soportar mejor la muerte. A veces, como esta tarde, me llama y me dice cosas que yo asumo se la dictan su puchos, el alcohol o vaya uno a saber qué y el rock que suena y resuena dentro de su cabeza.
Cuando me habla mis pensamientos van hacia nuestra madre, a la pena que ambos sentimos y nuestro abandono. Él tiene su guitarra y yo mi teclado, donde escribo cartas a la mujer que nos dejó y que no volverá, hasta que como nosotros, se sienta sola. Espero que eso ocurra antes de que el destino le de la razón al Seba, mi hermano mayor. Por ahora, estamos ambos, al lado del teléfono y la pena que nos atraviesa. La soledad de una familia que no es. La pena de amar a alguien que nunca nos quiso. La esperanza que ella escuche sus canciones o lea mis cartas.

Repetir

Atilio tomó el termo y se sorprendió de sentirlo tan liviano. Acercó la taza enfrente a él para llenarla y con sorpresa advirtió que estaba hasta el borde de café frío.
Se detuvo unos segundos.
Colocó el termo nuevamente sobre la mesa, al tiempo que alisaba una arruga del mantel con la mano extendida. Cogió la taza y caminó hacia el lavaplatos de acero reluciente de su cocina. Vertió el líquido en el sumidero y mientras tanto intentó silbar esa vieja canción cuyo nombre ahora no podía recordar.
Abrió el armario, tomó el tarro de Nescafé y con la cuchara lo destapó mientras sonreía al sentir el aroma de su café preferido. Instantáneo, ¡tan moderno! como decía su madre. Con una cuchara de té sacó una ración de polvo y lo puso en la taza. Tomó el azúcar que estaba en un pote de acero reluciente y puso dos cucharadas sobre el café las que mezcló suavemente imaginando el momento en que se serviría el brebaje sentado en su balcón que dominaba ampliamente la avenida Antofagasta, en Santiago, cerca del Club Hípico.

El lugar miraba hacia una serie de locales comerciales, pero justo frente a su ventana, el que había sido su negocio por años. Pensó entonces rellenar el termo. Puso agua en el hervidor y decidió bajar a buscar el periódico que cada día dejaban en su puerta. Entonces reparó, que un poco más allá de la taza, unos centímetros apenas más allá. Una “La Tercera” aún en su empaque plástico sin abrir reposaba como esperándolo.
Se llevó la mano a la boca y acarició sus resecos labios. Era martes y la empleada que viene los lunes no pudo traerlo. Pensó que quizás estaba confundido. Hoy puede ser martes y por esas cosas de la vida se me perdió el lunes, se dijo. Pero no, no hubo las habituales carreras en el Club Hípico y esos viciosos no fallan. La única, y la peor explicación, era que alguien se había colado en el edificio y estaba allí, seguramente escondido para dar el zarpazo en el momento justo y robarle sus cosas. Se levantó lentamente y se acercó al cajón de la alacena donde ocultaba un viejo revólver. Decidió fingir que no se había dado cuenta que alguien estaba allí con él. Se acercó al mesón y entonces pensó. Es imposible que alguien hubiera entrado. La alarma está conectada. Hay una cámara de vigilancia y un largo pasillo antes de entrar al departamento.

Confundido volvió a razonar qué pudo ocurrir. Me equivoqué, quizás subí el diario en algún momento y lo olvidé. Se pasó la mano por la barbilla y se dio cuenta que ya estaba afeitado. Si. Entonces yo subí el diario pensó. De nuevo se estremeció. Quizás no deba beber tanto en la noche se dijo. La calle bullía y gentes corrían de un lado a otro. El sol ya había logrado pasar por sobre la Cordillera de los Andes y entibiaba el frío aire cordillerano de otoño. De nuevo la mano de Atilio se paseó por la barbilla y el viejo decidió olvidar el asunto. Pensó que sería bueno un café y caminó hacia la cocina pero para su sorpresa ya había una taza sobre la mesa con café y azúcar en su interior.

Su mano temblaba al tomarla y mirar el contenido. Quizás alguien estaba allí con él. Pero no podía ser. Pensó en el pasillo, la alarma, la gruesa puerta cerrada. No, es imposible se dijo, estoy divagando. Decidió ignorar lo que ocurría y se acercó al mesón, tomó el termo con agua y se dio cuenta que estaba liviano. Dios, me he olvidado de hervir agua. Sonriendo nervioso se acercó adonde estaba el hervidor para llenarlo de agua. Al intentar levantarlo el peso le dijo que estaba lleno. Ya le puse agua, pensó. Mientras apretaba el pulsador para encenderlo se fijó en sus dedos temblorosos. Calma se dijo, se te olvidó que tanto puede ser. Ya, calmarse es lo mejor que puedo hacer, se repitió dos veces. Quizás si leo el periódico me calme, hay que poner en acción la mente y decidió ir en busca del diario que debía estar en la puerta. Lo iba a hacer cuando advirtió una “La Tercera” empacada en su plástico sin abrir. Caramba, qué hace este periódico aquí se preguntó. Nervioso, se llevó la mano a la barbilla, la sintió suave, recién afeitada. Mire, parece que yo mismo la traje después de afeitarme. Preocupado, pensó que lo mejor sería tomarse un café. Un Nescafé que me gusta tanto, es algo tan moderno como decía… la tía Audilia… o era la mamá? Es increíble pensó, pasan los años y a uno se le van olvidando las cosas. Abrió el anaquel y del interior extrajo una taza, iba a cerrar la tapa y entonces se dio cuenta que le faltaban tazas. Hay apenas tres de un juego de seis. Entonces giró sobre si mismo y en la mesa advirtió dos tazas puestas, sin agua, con café y azúcar. Tendré invitados, se preguntó. Su mano temblaba. Puso la taza sobre el mesón y sintió que el hervidor se detenía. El agua está lista. Que bien. Esta era una mañana extraña. Si extraña. Creo que bajaré a buscar el periódico, debe haber noticias curiosas en un día como este, pensó. Iba a caminar hacia la puerta cuando de reojo vió sobre la mesa un ejemplar empacado, sin abrir de “La Tercera”. Sonrió y se llevó la mano a la barbilla, la que estaba suave, recién afeitada.

jueves, 18 de octubre de 2012

Amistad


No soy de grandes amistades aunque conozco mucha gente.
Mi gran amigo de toda la vida se llamaba Cristian.
Se vino del campo a la ciudad y aquí nos conocimos por una cosa de mercado... yo tenía la oferta y el la demanda.
Por alguna razón que nunca comprenderé, las mujeres eran algo más que una presencia en mi vida. No tanto en la de Cris. El era todo lo audaz que yo no tenía. El se enamoraba yo partía. Mis amigas y las madres de mis amigas lo querían, pero a mí era el que dejaban pasar a terrenos más allá de los que todos accedemos.
Bebíamos a montones. Éramos irresponsables.
Si alguien me quería hacer daño, aparecía "el mono" y con su metro noventa y cuerpo de infante de marina se acaba el problema.
Finalmente, tanto ir al campo... trajo a este mundo una niña, la Ale... como Chile se le hizo poco, partió a Canadá.
Trabajó y se hizo de una pequeña fortuna.

Hasta que un día tomó una mala decisión, se bajó del auto en una carretera y un camión lo golpeó y lo lanzó a 30 metros... murió sin que nos despidiéramos, luego de un largo tiempo en estado vegetal.

Me dejó mi amigo.
Se fue en medio de la nieve y del frío.
Se fue con su risa de niño. Se fue sin poder enamorar a la Marcela.
Se fue sin que nos resultaran las grandes empresas que no pudimos concretar.
Se fue en una cama de hospital lejos de su campo querido.
Se quedaron sus grandes anécdotas. De como fue uno de los chilenos que disparó en sur contra los argentinos, en la guerra que nadie supo.
De el asado más rico que comió en su vida, hasta que supo que era carne de perro.
De la renoleta que cortó el tránsito en un puente de una sola vía cuando se quedó dormido.
De cuando nos dijeron que a Nueva York no había que entrar a cierto barrio y entramos por que leyó el mapa al revés.
De cuando lo secuestraron porque creyeron que era otro.
Del día en que alojamos en la casa de un narco y salimos arrancando 20 minutos antes que llegara la policía...

La amistad es algo grande y hay que cuidarla cuando uno la encuentra.