viernes, 19 de octubre de 2012

Repetir

Atilio tomó el termo y se sorprendió de sentirlo tan liviano. Acercó la taza enfrente a él para llenarla y con sorpresa advirtió que estaba hasta el borde de café frío.
Se detuvo unos segundos.
Colocó el termo nuevamente sobre la mesa, al tiempo que alisaba una arruga del mantel con la mano extendida. Cogió la taza y caminó hacia el lavaplatos de acero reluciente de su cocina. Vertió el líquido en el sumidero y mientras tanto intentó silbar esa vieja canción cuyo nombre ahora no podía recordar.
Abrió el armario, tomó el tarro de Nescafé y con la cuchara lo destapó mientras sonreía al sentir el aroma de su café preferido. Instantáneo, ¡tan moderno! como decía su madre. Con una cuchara de té sacó una ración de polvo y lo puso en la taza. Tomó el azúcar que estaba en un pote de acero reluciente y puso dos cucharadas sobre el café las que mezcló suavemente imaginando el momento en que se serviría el brebaje sentado en su balcón que dominaba ampliamente la avenida Antofagasta, en Santiago, cerca del Club Hípico.

El lugar miraba hacia una serie de locales comerciales, pero justo frente a su ventana, el que había sido su negocio por años. Pensó entonces rellenar el termo. Puso agua en el hervidor y decidió bajar a buscar el periódico que cada día dejaban en su puerta. Entonces reparó, que un poco más allá de la taza, unos centímetros apenas más allá. Una “La Tercera” aún en su empaque plástico sin abrir reposaba como esperándolo.
Se llevó la mano a la boca y acarició sus resecos labios. Era martes y la empleada que viene los lunes no pudo traerlo. Pensó que quizás estaba confundido. Hoy puede ser martes y por esas cosas de la vida se me perdió el lunes, se dijo. Pero no, no hubo las habituales carreras en el Club Hípico y esos viciosos no fallan. La única, y la peor explicación, era que alguien se había colado en el edificio y estaba allí, seguramente escondido para dar el zarpazo en el momento justo y robarle sus cosas. Se levantó lentamente y se acercó al cajón de la alacena donde ocultaba un viejo revólver. Decidió fingir que no se había dado cuenta que alguien estaba allí con él. Se acercó al mesón y entonces pensó. Es imposible que alguien hubiera entrado. La alarma está conectada. Hay una cámara de vigilancia y un largo pasillo antes de entrar al departamento.

Confundido volvió a razonar qué pudo ocurrir. Me equivoqué, quizás subí el diario en algún momento y lo olvidé. Se pasó la mano por la barbilla y se dio cuenta que ya estaba afeitado. Si. Entonces yo subí el diario pensó. De nuevo se estremeció. Quizás no deba beber tanto en la noche se dijo. La calle bullía y gentes corrían de un lado a otro. El sol ya había logrado pasar por sobre la Cordillera de los Andes y entibiaba el frío aire cordillerano de otoño. De nuevo la mano de Atilio se paseó por la barbilla y el viejo decidió olvidar el asunto. Pensó que sería bueno un café y caminó hacia la cocina pero para su sorpresa ya había una taza sobre la mesa con café y azúcar en su interior.

Su mano temblaba al tomarla y mirar el contenido. Quizás alguien estaba allí con él. Pero no podía ser. Pensó en el pasillo, la alarma, la gruesa puerta cerrada. No, es imposible se dijo, estoy divagando. Decidió ignorar lo que ocurría y se acercó al mesón, tomó el termo con agua y se dio cuenta que estaba liviano. Dios, me he olvidado de hervir agua. Sonriendo nervioso se acercó adonde estaba el hervidor para llenarlo de agua. Al intentar levantarlo el peso le dijo que estaba lleno. Ya le puse agua, pensó. Mientras apretaba el pulsador para encenderlo se fijó en sus dedos temblorosos. Calma se dijo, se te olvidó que tanto puede ser. Ya, calmarse es lo mejor que puedo hacer, se repitió dos veces. Quizás si leo el periódico me calme, hay que poner en acción la mente y decidió ir en busca del diario que debía estar en la puerta. Lo iba a hacer cuando advirtió una “La Tercera” empacada en su plástico sin abrir. Caramba, qué hace este periódico aquí se preguntó. Nervioso, se llevó la mano a la barbilla, la sintió suave, recién afeitada. Mire, parece que yo mismo la traje después de afeitarme. Preocupado, pensó que lo mejor sería tomarse un café. Un Nescafé que me gusta tanto, es algo tan moderno como decía… la tía Audilia… o era la mamá? Es increíble pensó, pasan los años y a uno se le van olvidando las cosas. Abrió el anaquel y del interior extrajo una taza, iba a cerrar la tapa y entonces se dio cuenta que le faltaban tazas. Hay apenas tres de un juego de seis. Entonces giró sobre si mismo y en la mesa advirtió dos tazas puestas, sin agua, con café y azúcar. Tendré invitados, se preguntó. Su mano temblaba. Puso la taza sobre el mesón y sintió que el hervidor se detenía. El agua está lista. Que bien. Esta era una mañana extraña. Si extraña. Creo que bajaré a buscar el periódico, debe haber noticias curiosas en un día como este, pensó. Iba a caminar hacia la puerta cuando de reojo vió sobre la mesa un ejemplar empacado, sin abrir de “La Tercera”. Sonrió y se llevó la mano a la barbilla, la que estaba suave, recién afeitada.

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